2 diciembre 2008 Drama, Opinión

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A propósito del estreno de Crepúsculo he creído necesario recordar lo que el género vampírico ha dado para el cine. Especialmente pienso que es un género en sí, dentro del terror los vampiros han construido su propio mundo, con un lenguaje propio y discursos oscuros dentro de la pantalla. Cintas que van desde que F. W. Murnau hizo una adaptación libre del clásico de Bram Stoker. Nosferatu no fue solo un simple film de vampiros, era la confirmación de un estilo, un estilo sólido como fue el expresionismo, que después ha dado tanto al cine, y contribuyó en buena parte a la iluminación futura en las películas.

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Desde el film de Murnau, encontramos obras de mayor o menor calidad, y de temáticas que oscilan entre el terror, la acción – véase Underworld– o propuestas más recientes y originales como la del canadiense Guy Maddin en 2002, Drácula: Pages from a virgin’s diary. En toda esta trayectoria todos estos productos de vampiros se han esforzado por dotar de vida a los señores de las tinieblas con mayor o menor suerte. La mayoría de obras se centran en el género de terror o en la acción, pero hay una película que en su momento no gozó de la suerte que debería haber tenido. Me refiero a la adaptación de la novela de Bram Stoker que hizo Francis Ford Coppola.

La obra Drácula de Bram Stoker firmada por Coppola estuvo ensombrecida por querer venderla como una historia de terror, y sin duda es una de las mejores y más bonitas historias de amor del cine. La adaptación es sencillamente casi perfecta, Coppola tan solo se permite la licencia de incluir un prólogo para dotar al personaje de Drácula de un pasado, de una razón para llevar a cabo su tortuoso camino por la historia. ese prólogo le quedó bastante bien. Por lo demás la obra de Coppola es la mejor adaptación de la novela. Con una ambientación gótica, el relato es conducido bajo secuencias de autentico maestro. Se dota de todas las herramientas que el lenguaje cinematográfico tiene. El vestuario es una parte fundamental de la historia. El Drácula vino de la inspiración de Stoker, totalmente diferente a lo que generalmente habíamos visto en el cine.

La banda sonora de Wojciech Kilar un polaco que es responsable de la partitura de obras como El pianista y La novena puerta ambas de Roman Polanski es otro de los logros de este film. Conduce la historia a la par con las imágenes que vemos. Una sinfonía detallada y compactada de música en imágenes.

Las actuaciones de la película son portentosas, un genial Anthony Hopkins, y Winona Ryder transmite la fragilidad y credulidad de Mina, convirtiéndose en la amante del conde, y en una fiel vampiresa que sigue a su amado. Pero sobre todo un Gary Oldman inolvidable, tanto en la piel del malvado y arrugado conde, como en su personaje de fino príncipe.

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Una historia de amor a través de los tiempos, un viaje tortuoso en el que el Drácula está vez no busca el matar por alimentarse, quiere que se le devuelva lo que le arrebataron, el amor que se llevo su vida, y que lo destino a bagar por los siglos sediento de la sangre y de la esperanza de encontrar a su amado para al fin descansar en paz.

Una película poco agraciada en taquilla, pero que con los años se ha convertido en el mayor clásico de vampiros de la historia.

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