4 julio 2016 Animación, Aventura, Críticas

Buscando a Dory

Tras su exitosa Buscando a Nemo de 2003 el cineasta Andrew Stanton se atreve a retomar el hilo de sus personajes acuáticos en Buscando a Dory. El largo se ve precedido en pantalla por el exquisito cortometraje infantil Piper de Alan Barillaro en que un pajarillo enfrentará su temor a las olas marítimas. Fascina la conjugación entre realismo escénico y emotividad.

Ya sumergidos en las profundidades conocemos a una Dory bebé que por su carácter adorable, su vocecilla ilusionada y sus ojazos bien podría protagonizar su propio spin-off. La olvidadiza azulada recuerda que un día fue criada por sus padres y parte en su busca con apoyo de Marlin y Nemo. El trío protagonista se separa y la reunión última se erige como objetivo.

Disney Pixar recupera personajes de su anterior entrega como la tortuga Crush o el profesor Raya con más ánimo de enlazar puentes que por su peso real en la historia. Trece años después el viaje oceánico se da por descontado y la acción trascurre en un centro acuático humano. Un pulpo sin demasiado que aportar o una simpática ballena sustituirán a los peces payaso en relevancia narrativa.

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La transposición del padre busca a hijo por su inverso no cuaja como debiera, lo que no excluye que varias escenas puedan tocar a la puerta del corazón y el lagrimal. El viaje trascendental de la primera entrega queda reducido a una sucesión de gags algo impostados y venidos arriba, surrealistas por momentos y alejados de la mesura necesaria.

Pocas estocadas en palabras técnicas: el buen hacer visual de Disney Pixar no conoce flaquezas y desfila con el acostumbrado alborozo. La trama obliga a escenarios menos abiertos y de mayor complejidad compositiva, y resta amplitud mental al mundo recreado por Andrew Stanton.

La pretendida superación personal de Dory -afirmada en el desaparecido Nemo- de su discapacidad cognitiva queda en poco y nos impele a la cuestión de si el pez azul funciona con más garbo en rol secundario que en primario. La respuesta es ‘sí’ en vista del resultado. Por tanto el camino transitado no optimiza las potencialidades previas.

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Con mucho a deber del original (en varios sentidos) Buscando a Nemo, los guiños no apuntan en dirección a superar el precedente. Buscando a Dory entretiene, emociona y gustará a los pequeños de la casa, pero por momentos nuestro sentido crítico desearía retrotraernos a 2003.

La crítica se ha mostrado benevolente con la cinta y también el público ha dado su visto bueno, si bien en ambos bandos se ha dejado constancia de las similitudes entre las dos partes de la saga. La comparativa resulta imposible de eludir para quebradero de Buscando a Dory, que no se posiciona dentro del hall de fama de Disney Pixar pese a su logrado esfuerzo. Como consejo final cabría destacar que si crees que no puedes superar el precedente, al menos no te presentes con un cortometraje previo que desborda calidad por los cuatro costados, si bien se agradece el regalo.

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