18 enero 2010 Animación, Opinión

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Claves para una década es una colección de artículos en la que los editores de este blogs intentan repasar algunos de los acontecimientos más importantes para el mundo del cine en la recién pasada década.

En 1997 el tecnológico genio moderno Steve Jobs – uno de los principales encargados de la venta de Pixar a Disney tras años dirigiendo la compañía- tuvo un sueño y un objetivo, convertir a la compañía del flexo que había comprado en 1986 en toda una marca establecida que hiciese cambiar el panorama de animación Hollywoodiense:

Creemos que hay dos marcas significativas en la industria cinematográfica – Disney y Steven Spielberg. Nos gustaría convertir a Pixar en la tercera. Las marcas exitosas son un reflejo de la confianza del cliente, lo que se construye a través del tiempo gracias a las experiencias positivas del cliente con los productos de marca. Por ejemplo, los padres confían en las películas animadas de Disney porque entregan satisfacción y entretenimiento familiar y apropiado, basándose en la impecable carrera de Disney creando maravillosas películas de animación. Esta confianza beneficia tanto a los padres como a Disney: hace la selección del entretenimiento familiar mucho más fácil para los padres, y provee a Disney una manera más eficiente de dirigirse a un público concreto que vea sus films. A lo largo del tiempo queremos que Pixar crezca para convertirse en una marca que represente el mismo nivel de confianza que Disney.

Señor Jobs, objetivo cumplido.

Esta década ha sido clave para la compañía, y es que en ella se ha convertido en todo lo que significa hoy, la marca más confiable de la animación que todavía no ha dado ningún paso en falso, tras diez películas y haberse hecho con el poder del sector animado de Disney. La palabra Pixar ha estado estrechamente relacionada en estos últimos años con la calidad y la diferenciación del resto de películas del sector que llegan desde Dreamworks o BlueSky.

Pixar se ha convertido en un sello propio, que premia a los autores y la originalidad, pero que además no se rasga las costuras por funcionar bien en taquilla. Por si esto no os dice nada, hay están los hechos: en el top-50 de esta década sólo nueve películas son totalmente originales, cinco de ellas fueron creadas por la magia de Pixar. Un dato que no solo saca a relucir la falta de ideas propias de un Hollywood dado a la vaguedad y una audiencia que se conforma con cualquier cosa, sino que también demuestra que pese a lo fácil que pudiera parecer su éxito, John Lasseter y su equipo siguen yendo a contracorriente.

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No es extraño, por lo tanto, que haya sido el profeta tecnológico (elegido mejor directivo de la década) y director de Apple quien creara esta productiva empresa, a la que más tarde se uniría otro antiguo “visionario” como George Lucas con el apadrinamiento de su LucasFilm.

Con Toy Story nos enseñaría que tenía mucho potencial, pero la ternura, el carisma de sus personajes y su simple pero excelentemente construido guión no nos hacía pensar que en unos años iba a convertirse en una institución, entregando cosas que el cine de animación nunca había dado. Gracias a la construcción de su empresa, la libertad creativa y el colegueo de todos los envueltos, el sello ha crecido más allá y cada estreno se ha convertido en un evento único. En la variedad está el gusto, y no repetirse es la clave. Se han atrevido con una divertida cara de los superhéroes (Los Increíbles), una fábula actualizada (Bichos), con secuelas que superan a sus antecesoras (Toy Story 2), una historia tan compleja y con tantos matices como los platos de la nouvelle cuisine (Ratatouille), mensajes ecológico (Wall-E), con un protagonista de la tercera edad (Up) al que se oponía los cegatos de Wall Street, y próximamente, ya en una nueva década, asumirá el poder de la Disney clásica para enfrentarse a un cuento de hadas de los de siempre (The Princess and the Bow). ¿Se puede pedir más?

Por si esto fuera poco, Pixar ha logrado que los adultos no seamos unos raros por ir a ver dibujos animados al cine -de hecho, sus películas también intentan enganchar a otro target, a veces más convencido por su obra que los propios infantes- y ha influenciado con esta visión a todo lo que ha venido a posteriori, pese a que nadie haya sabido tocar las teclas exactas. Dreamworks comenzó con nota su carrera con la entretenida Shrek, pero su alma y objetivos fueron decayendo y repitiendo los mismos esquemas una y otra vez, ya no solo en las vergonzosas y soporíferas secuelas sino en todo lo que hayan hecho desde entonces. Y aunque muchos decían que la fusión con Disney acabaría trayendo consecuencias para su equipo y su manera de ver la vida, de momento nada nos ha hecho ver estas señales, y desde entonces su cine es incluso más brillante. Lo que está claro es que es algo más que un sello de Disney.

Junto a Hayao Miyazaki, Pixar es clave para entender la animación de finales del siglo XX y la de principios del XXI, pero no solo eso sino también para comprender el cine y las emociones que éste nos hace sentir. Sentimiento que, como su taquilla global muestra, es algo que compartimos a lo largo del planeta.

Los primeros siete minutos de Up son una buena muestra de esto, y me atrevería a decir que uno de los mejores comienzos de la historia del cine. Pixar convierte al cine en un retrato de la vida:

1 | The Pixar Touch

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