22 julio 2013 Críticas, Drama, Estrenos

Lo que el día debe a la noche: amor imposible

Tal vez no nos suene mucho el nombre de Yasmina Khadra. (que en árabe significa jazmín verde) es el seudónimo femenino del escritor argelino en lengua francesa Mohammed Moulessehoul. En 1997, su obra “Morituri” le catapultó a la fama y a partir de ese momento, todas sus obras han sido traducidas al español, destacando además de “Lo que el día debe a la noche”, “El Atentado”, “La parte del muerto”, “Trilogía de Argel” y “Las sirenas de Bagdad”.

Algunas de sus obras ya han sido adaptadas al cine como Morituri, El atentado o Las golondrinas de Kabul. Las dos primeras decepcionaron enormemente al autor, por lo que era muy reticente a ceder los derechos para otra película. Pero el entusiasmo del director Alexandre Arcady terminó por convencerle, por suerte para nosotros.

Lo que el día debe a la nocheEn Lo que el Día debe a la Noche, Yasmina Khadra relata una apasionada historia de un amor imposible que tiene lugar entre Francia y Argelia, y que transcurre desde 1930 hasta la actualidad. Una promesa hecha en secreto marcará la vida del joven Jonás que verá peligrar el amor de su vida, coincidiendo con un país, Argelia, que vivirá sus últimos años como colonia francesa.

Es una película tranquila, de sentimientos y, sobre todo, de miradas. La guerra de la independencia no es tan invasiva del argumento como, por ejemplo, en Los Hijos de la Medianoche. Aquí es la historia (con minúscula) de los personajes lo que importa, aunque por supuesto la Historia (con mayúscula) les afecta e influye. Esta guerra es una señal más del conflicto interno del personaje, un símbolo de su corazón desgarrado: sus dos países, sus dos amores…

Y es que la película está llena de símbolos, como los protagonistas principales: Emilie representa a la elegante Francia mientras que Jonás/Younes, el apuesto árabe, representa a Argelia. Entre los dos personajes, como entre los dos países, siempre ha existido “un amor loco y apasionado”, en palabras del director.

El principio de la película es duro y, sinceramente, me desalentó: creía que veríamos el típico drama en el que los pobres son pisoteados por los ricos. Por suerte me equivoqué. Cuando Younes pasa a ser Jonas (desgarrador el momento en el que su padre toma la dura elección), la película cambia por completo para contarnos la historia de un joven argelino/francés que soporta adustamente los golpes del destino sin apenas palabras: su niñez descubriendo el amor infantil y una vida acomodada, su juventud alegre y desenfadada entre amigos, su primera experiencia sexual (magnífica la escena en la que sin enseñarnos nada de sus cuerpos es altamente erótica, demostrando que para excitar no hace falta ser explícito)…

Lo que el día debe a la noche: amor imposible

Con un final más o menos feliz, que nos hace salir con una sonrisa en los labios, volvemos a la simbología donde el autor (y el director) nos muestran su deseo de una reconciliación entre los dos países. Es una historia de amor/desamor y de honor: el honor del padre que se sacrifica para dar un futuro a su hijo; el honor de su tío, fiel a sus ideales hasta el último momento; el honor, por fin, de Jonás/Younes que sacrifica (como su padre) su propia felicidad por mantener su promesa, en un tiempo donde eso era más importante que la vida.

Como ocurre en cualquier guerra civil (y en cualquier separación sentimental), en esta película podemos sentir perfectamente el desgarro, la ruptura de una separación violenta, que deja heridas muy profundas y casi imposibles de sanar, dificultando que renazca de nuevo la amistad o el amor.

Está contada desde la actualidad, donde Jonás es un anciano, y esto no es por casualidad: siempre recordamos los tiempos pasados mejores de lo que eran en realidad, con una gran nostalgia. Al contarnos la historia el viejo Jonás, los autores nos transmiten perfectamente esa esperanza, esa emoción del que está vivo y puede soñar y amar. Es una historia que no toma partido por nadie (ni en la guerra, ni en la historia de amor), apostando por la paz y la reconciliación, con unas bellas imágenes gracias sobre todo a la fotografía de Gilles Henry y al hecho de estar rodada en analógico para mantener ese “grano” que daba un aspecto de historia antigua.

Una bellísima historia muy recomendada. Cine tranquilo y emotivo que nos permite reconciliarnos con el cine y con la vida.

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  1. Bitacoras.com 22 julio 2013

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