19 abril 2016 Aventura, Críticas, Fantasía, Remake

El libro de la selva

Debí ser la única persona sin infancia en la sala de cine que acudió a disfrutar El libro de la selva sin conocer el clásico Disney de 1967. No importa. La trama narra las aventuras de Mowgli, un bebé humano abandonado en la jungla y adoptado por una manada de lobos. Su simple presencia, amenazante para el fiero tigre Shere Khan, pondrá la vida de Mowgli en peligro, y deberá huir junto a los de su especie.

La nueva adaptación de la marca Disney basada en los cuentos del indio Rudyard Kipling supone un gran empujón adelante en la apuesta de la compañía por cintas impactantes en apartados visuales, se adelanta a competidoras. El avance sostenido en efectos especiales apabullantes que llenan la pantalla y amenazan con devorar la mente del espectador flaquea tras algo más de media hora.

El libro de la selva

Los iniciales escenarios sobrecogedores recrean una selva rica en colores pero no soportan la asimilación por parte de la audiencia, y cuando la historia sale a relucir brilla menos que el contexto. Prima el continente por encima del contenido. Nadie dude: el interés del nuevo metraje de Jon Favreau (Chef, Cowboys y aliens, Iron Man, Elf o Zathura, una aventura espacial) residen en la belleza compositiva, no en la incapaz trama.

El corte infantil de la película queda enfrentado a escenas de acción propias del Hollywood más rentable y no tan pueril. Las temibles fauces del antagonista principal o la inquietante escena junto a la sierpe Kaa pueden descolocar a los más pequeños de la casa, pero harán las delicias de los no tan niños.

El libro de la selva

El jovencísimo Neel Sethi no logra destacar ni provocar empatía alguna en su rol como único actor humano de la cinta, si bien no puede achacarse esta tara más que a su corta edad. Loable construcción de personajes en lo que respecta al ilustre y noble Akela, al infatigable Bagheera o la adorable loba baya Raksha, si bien encuentro un Baloo descentrado como el payasete amigable de la cinta, casi importado de otras latitudes.

Con envidiable banda sonora -más allá de la recuperación de canciones vocales imprescindibles en el trabajo del 67-, Disney muestra maestría de décadas en la humanización de bestias y no evita la clásica irrupción continuada de animalillos bromistas, graciosos o de curiosos hábitos. Tampoco sortea referencias a obras culmen de su filmografía como El rey león (1994) o Tarzán (1999).

El libro de la selva

La acción narrativa viaja a buen ritmo y solapa aquellos espacios vacíos en que la atención del espectador cae y se pierde, y nos lleva a un final de moraleja dubitativa. El libro de la selva gustará a quienes vivieron junto a Mowgli aventuras en animación 2D, tanto padres como hijos -de ahí su éxito internacional; en España más de medio millón de personas han visto la cinta en cines, según datos oficiales-. No así a quienes rasquen bajo los efectos especiales en busca de tramas revolucionarias respecto de los trabajos previos de Disney. Mejor así.

Lo nuevo de Jon Favreau se erige en digno entretenimiento con que matar dos horas de ocio audiovisual, supera el precedente pero se mantiene en la senda trazada en la recuperación de clásicos con personas reales. Su logro mayor reside en el poderío visual, en su ambientación de superproducción. ¿Quién pide más?

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