18 septiembre 2010 Críticas, Drama

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Como reflejo de nuestra literalmente enferma sociedad, el cáncer lleva años expandiéndose por todo tipo de filmografías (no obstante, los datos apuntan que uno de cada dos hombres del mundo actual sufrirá algún tipo de cáncer durante su vida), utilizándolo como una excusa recurrente para el melodrama más lacrimógeno y los sentimientos más profundos. Satte Farben Vor Schwarz -presentada a concurso como Colours in the Dark en la sección oficial del Festival de Cine de San Sebastián- vuelve a ahondar en el argumento, pero esta vez para contarnos una historia de una relación atípica donde el dolor sólo es el telón de fondo.

Tacto, sentimientos que nos suenan a todos y, sobre todo, un par de veteranos actores germano-parlantes como Senta Berger y Bruno Ganz, envueltos en un tour de force en el que demuestran las mejores de sus cualidades gracias a los silencios, miradas y gestos, son el principal ingrediente de un texto que convence y una dirección que engancha pese a su lentitud. Ellos son el reflejo de una relación hastiada, donde hubo un amor aún recordado pero que, tras muchas vueltas en el camino, ha mutado en confianza, respeto, costumbres y amistad.

“50 años no son nada”, éste podría ser un tópico habitual de una de esas muchas parejas mayores y adorables que se pasea por el celuloide habitualmente, por ello es un soplo de aire fresco ver la irrealidad de dicha aclamación. El cáncer no es sino un síntoma más de que su camino está terminando, pese a que se opongan a ello y que todavía les queden ganas de vivir y llorar.

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La opera prima de Sophie Heldman echa mano de una bellísima fotografía para observar desde el ventanal de una casa de lujo -convertida en un personaje más- a una pareja común, pero singular en el cine más comercial que tanto reniega de la vejez y de los amores imperfectos. El romance eterno, las infidelidades y una particular visión de la familia sobrevuelan un relato que además se atreve a transportarnos hasta las opuestas miradas del hombre y la mujer, constantemente dejándonos dudando entre ambos razonamientos. El tratamiento contra el cáncer parece no ser la solución indicada para los marchitos días del protagonista, ya que su vida está ya vivida. Sin embargo, no por ello la decisión tomada será fácil para su esposa, quien se siente atacada por quien describe como un “egoísta”, al tiempo que no se da cuenta de su egoísmo al sólo pensar en el cambio de rutina tras su muerte, y no tanto en el sufrimiento de su pareja.

Los dos actores principales son responsables de este notable estudio de personajes, un dúo que no podría estar mejor definido y al que pareciéramos conocer desde el principio de sus días, cuando con 18 años se conocieron en una clase de baile, y con la que tenemos la suerte de llorar hasta su final.

Igual que lo verdaderamente importante en nuestra existencia no es el cómo terminará sino todo lo que hayamos dejado en el pasado, esta película demuestra que el qué no es tan valioso como el viaje que nos lleva a él. Un recorrido que, a fuego lento y con cálida frialdad alemana, consigue atraparnos y sobrecogernos con una temática que a nadie le quedará muy lejana. Incluso la claridad más brillante aparece en la más terrible oscuridad, y también la oscuridad más apagada en la aparente claridad.

PD: Si alguna vez tienen la ocasión de verla, sea donde sea, véanla, pero siempre en Versión Original.coloursinthedarkpost

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