28 marzo 2012 Acción, Aventura, Críticas, Estrenos

Pese al rico y complejo material que atesoran las leyendas alrededor de la mitología griega, Hollywood nunca ha sido capaz de darles el protagonismo que merecen. Casi perfectas para hacer una serie de televisión mezcla entre Roma y Juego de Tronos, Zeus y su célebre clan ha tenido que conformarse con el maniqueismo y la simpleza de algunas de las super-producciones menos memorables de la historia del cine. Después de dejar el listón muy bajo con el impersonal remake de Furia de Titanes -un corta y pega perdido entre monstruos poco creíbles, slow-motion y un argumento que cambió de planteamiento en pleno rodaje-, Ira de Titanes vuelve a demostrar que los ejecutivos y guionistas se esfuerzan de manera vacua en amoldar estos antiguos mitos llenos de crudeza, a los parámetros que ellos creen que definen los gustos del público moderno.

Desde la manera en la que durante los primeros segundos se sella la sub-trama amorosa (metida con calzador y por mandato de las altas esferas) de la primera entrega -imaginamos que por problemas contractuales con Gemma Arterton– hasta el uso de un argumento calcado al de la animada Hércules (que, al menos, trataba de ser hilarante por méritos propios), esta película consigue convertirse en uno de los grandes descalabros de la infame lista de adaptaciones mitológicas. Preocupada más por los monstruos de CGI que por la coherencia de sus tramas, no podía dar otro resultado.

En esta ocasión, Perseo (todo un super-héroe de la época) deberá apañárselas para salvar a su padre, Zeus, de la garras de su tío, Hades, quien, acompañado por Ares, planea resucitar a Cronos, abuelo del protagonista y rey de los titanes al que sus hijos desterraron al infernal Tártaro. De el éxito o fracaso de la misión depende la supervivencia de la humanidad, que se ha olvidado de unas deidades más mortales que nunca.

Wrath of the Titans sirve a la perfección para retratar la incapacidad actual de hacer una película de acción palomitera emocionante y con alma. Una película más que se ve contagiado por el fervor de los videojuegos que tanto daño han hecho a este género cinematográfico. World of Warcraft puede ser la mejor adaptación mitológica hecha en un medio audiovisual, pero su concepción y desarrollo es exclusivo y debe su grandeza a las particulares características de ese moderno arte participativo que influye demasiado en el cine de acción actual. Siempre que el celuloide trata de capturar la estructura e imagen de los juegos, el guion suele ser el que más sufre. Ver a criaturas como los cíclopes hechos por ordenador para lograr resultados tan flojos, nos hace añorar un tiempo donde las maquetas y los animatronics todavía eran la cabeza visible de efectos especiales menos perecederos. Si los efectos digitales parecen añejos en su estreno, esperemos a rememorarlos dentro de cinco años. Los efectos del 3D sacado de la más primitiva atracción no aportan nada adicional para convencernos.

El director Jonathan Liebesman (Invasión a la tierra), por lo tanto, vuelve a caer en los mismos errores con los que Louis Leterrier ya tropezó. El largometraje, además, debe cargar con el peso de su anonida estrella, Sam Worthington, que vuelve a demostrar que carece de carisma, presencia o de cualquier atributo que le haga merecedor de ser uno de los rostros jóvenes de Hollywood más demandados. Es difícil conseguir que la audiencia se emocione, cuando no nos importa que asesinen al hijo del protagonista, lo que incluso podría dar un poco de originalidad a las previsibles tramas.

Liam Neeson y Ralph Fiennes y sus barbas prostéticas le acompañan en el camino para meterse en la piel de, respectivamente, el bonachón y socarrón Zeus -tan bueno y honorable que aburre- y el reptilesco Hades, que no tardará tampoco en descubrir su corazoncito. A estas alturas, y a tenor de las últimas secuencias de colegeo, tenemos claro que solo hacen el trabajo por pasarse un rato divertido de vacaciones por Tenerife. También Danny Huston regresa como Poseidón, para poder desarrollar las dos líneas de diálogo que pronunció en la primera entrega (su participación quedó casi por completo para las escenas eliminadas) y morir a gusto. El venezolano Édgar Ramírez (Carlos), por su parte, se estrena en Hollywood para dar vida al dios de la guerra, en un papel escrito para Javier Bardem que nos alegramos de que no acabara de convencer al español. Su función: Poner cara de consternación y dar unos cuantos puñetazos. Bill Nighy completa el Panteón convirtiéndose en el Dios caído, Hefesto, al que inunda de sus habituales tics cómicos para convertirlo en ese entrañable e inteligente loco creado para redimirse como un héroe. Carne de cañón de la mejor calidad.

En la parte humana, el joven Toby Kebbell pone el humor y los chistes malos reclamo de la audiencia familiar y entretenimiento del encefalograma plano; y Rosamund Pike nos enseña que el tinte de pelo ya existía en la antigua Grecia (su personaje, Andrómeda, lo interpretó la muy morena Alexa Davalos hace dos años).

Cintas clásicas como Jason y los Argonautas o Clash of the Titans (la original, con Laurence Olivier como el dios de dioses) al menos se esforzaban en crear muy disfrutables historias de aventuras con cierto encanto de serie B, y kilos de imaginación. En esta ocasión, sin embargo, la presentación es fría y poco original y repite los mismos errores de los estrepitosos fracasos recientes de Prince of Persia, John Carter y Tron: Legacy. La infantilización y simplificación de la cultura clásica en su máximo apogeo. Obras que no logran ni siquiera pueden ser clasificadas de entretenimiento, porque ni siquiera cumplen con su propósito estructural.

Sea como fuere, Ira de Titanes (Wrath of the Titans) se estrena este viernes a los dos lados del Atlántico. Por cada persona que vaya al cine, Homero echará una lágrima.

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  1. Bitacoras.com 28 marzo 2012

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