22 septiembre 2009 Acción, Bélico, Críticas, Western

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Hablar de Quentin Tarantino es hablar de uno de los directores más influyentes del cine contemporáneo, quizás uno de los más taquilleros y particulares de la actualidad. Su obra completa está repleta de homenajes al cine y sus películas huelen a cine desde el principio. No es de extrañar que cada vez que anuncia un nuevo proyecto el interés que despierta sea, en muchos aspectos, desproporcionado. Pero por supuesto no hay que quitarle méritos ya que rozó la perfección con su primera obra de renombre, Reservoir Dogs, una película sublime que marcó a toda una generación de público y cineastas de la época. Entonces no tardó más de dos años para sorprender de nuevo con su obra más perfecta, Pulp Fiction. Técnicamente impecable, con una historia repleta de grandes diálogos, convirtiéndolo desde ese momento en uno de los grandes del cine. Tan sólo dos películas le hicieron falta para ello. Desde Pulp Fiction hasta Malditos Bastardos ha llovido mucho y ha trabajado en otras obras, que si bien han sido de menor calidad, siempre han rozado un nivel muy aceptable.

Cuando ayer me senté en la butaca varias sensaciones me comían por dentro, no sabía que me iba a encontrar. Ya había leído mucho sobre el film y sobre como Tarantino se había tomado una parte ardua de la historia mundial, de una manera superficial. Cierto. Pero también es cierto que por primera vez la trama del film se podía identificar en un momento histórico y en un lugar determinado. Desde los primeros créditos ya sabía que Malditos Bastardos me iba a gustar. Rótulos al más puro estilo spaghetti-western y música que le iba a la zaga. Veinte minutos después acababa de ver una de las mejores secuencias que recordaba. Una secuencia seria, técnicamente perfecta, con uno de los personajes más sorprendentes que el director a creado en su carrera, y con un manejo de la situación asombrosa. Y todo eso en el primer capítulo de la historia. Antes de continuar decir que el film se divide en cinco capítulos, en los que desarrolla la historia hasta el increíble climax final.

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Tras esta primera secuencia era de esperar que, o nos encontrábamos ante la mejor película del año, o el nivel iría bajando paulatinamente. Efectivamente el nivel baja, y la historia comienza a desmembrarse. La aparición de “los bastardos” es singular pero leve, quizás el guión está cortado por alguna parte, porque no se nota una continuidad clara en la historia. Parcticamente en los siguientes capítulos, la acción violenta en la que desembocan, es casi un alivio por continuar vivos en la propia trama, que a pesar de ser lineal es confusa.

La historia del grupo de bastardos se va cruzando con la de una joven cineasta que se ve asediada por un héroe de guerra nazi y que siendo ella judía no le parece del todo apropiado. Todo esto se ve en una hora larga de película, hasta que de nuevo el director agita su barita mágica para rendir al respetable otra gran secuencia. Una taberna y el encuentro de una famosa actriz alemana con los bastardos se convierte en otros veinte minutos de gran cine. Increíble la escena: diálogos ingeniosos, tensión y humor negro en dosis proporcionadas, y el final a la altura de las circunstancias. Merece la pena ver la película sólo por esta secuencia. En ella un grupo de alemanes borrachos que andan de permiso, se encuentran con los bastardos y el final se puede intuir, lo que no se puede imaginar es la forma hasta que llega a este.

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Tras esto, sabía que lo que quedaba de película no estaría a la altura de estas dos secuencias, pero se mantienen en un nivel muy alto. Con un final apocalíptico en clara referencia a la venganza judía, Tarantino hace uso de su toque más gore sacrificando su gusto por los diálogos para dar acción desproporcionada al respetable. Por supuesto durante toda la película hay referencias al séptimo arte, más que en el resto de su filmografía, lo que supone un intento más por mantener su propia imagen de “friki” que por ser realmente necesarias. No son necesarias puesto que la propia película ya es un continuo homenaje a títulos como Doce del patíbulo, Ser o no Ser, o Quel maledetto treno blindato que fue bautizada en EE.UU. como “Inglorious Bastards”, una obra de culto de serie B de principios de los 70. También se pueden adivinar los pertinentes homenajes a Sergio Leone o a Lenni Riefenstahl.

Y bueno tras todo esto, los actores. Un Brad Pitt soberbio como el teniente Aldo Raine, secundado por el nuevo mejor amigo del director, Eli Roth que se mantiene muy a la altura de la historia, además de contribuir en el rodaje -el film que proyectan en la última parte, El orgullo de la nación, fue encargado por Tarantino a Roth para mantenerlo ocupado, dada su conocida hiperactividad-. Pero sobresale por encima de ellos Christoph Waltz, bajo la piel del cazador de judíos, el coronel Hans Landa. Como he comentado antes, uno de los mejores personajes que Tarantino ha creado. Nuestro actor Daniel Brühl se mantiene correcto en toda su interpretación, dando vida al héroe de guerra nazi con cara dulce.

Poco más que añadir. A modo de síntesis Malditos Bastardos es una película de Tarantino, su sello está marcado durante las dos horas largas que estás sentado en la butaca, y no es su mejor obra, ni las más completa, lo que no quita que la recomiende como obligado visionado ya que Tarantino ha sabido desligarse de lo que uno entiende como película bélica, para regalarnos un western duro, a su estilo y un par de secuencias sencillamente perfectas.

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