17 octubre 2008 Actores, Opinión

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Existe un grupo de actores con los que la objetividad es un lujo inalcanzable; es difícil quedarse indiferente ante la figura de Mickey Rourke; este actor ha representado con fidelidad milimétrica el “Ying” y el “Yang” de su profesión.

Su porte duro, envuelto en una ¿contradictoria? Voz de terciopelo, no era la representación de un cliché estereotipado, sino la viva esencia del realismo fílmico.

Cualquier tipo de regla estricta solo le servía a Rourke para denostarla; conocía los fundamentos del “método”, pero siempre dando la impresión de que los utilizaba como ejemplo de lo que no se debía de hacer frente a la cámara.

Nunca se podía saber con certeza en que pensaba Mickey Rourke cuando interpretaba; exteriormente trasmitía la sensación de estar imbuido en su personaje, pero sus ojos le delataban al instante, quedando la duda en el aire de si estaba preparando su próxima juerga; o quizá molesto por una incipiente resaca.

Rourke no era guapo, no lo necesitaba, porque emanaba un carisma magnético (que a pesar de todo aun conserva); tampoco fue ni efectista ni histriónico, su mecanismo era endorfínico, salvaje; nadie puede negarle el derroche de vida que malgastaba en sus personajes, capacidad mimética que quedó en evidencia en “El borracho”, superando en sordidez y deterioro al mismísimo Bukowsky, al que por cierto le unió una gran amistad.

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Rourke comenzó en el cine con un grande; su papel en “1941”, de Steven Spielberg, fue prácticamente inexistente; pero quedó en el inconsciente colectivo la imagen de aquellos patéticos soldados a las órdenes de un sargento sicópata.

Todavía se comenta en Hollywood el efecto que causó en el público sus escasos cinco minutos de aparición en la tórrida “Fuego en el cuerpo”.

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Pero fue en la electrizante “Manhattan Sur”, de Cimino, donde alcanzó su estatus de rompetaquillas que no le abandonó hasta “Orquídea salvaje” de 1990.

Francois Truffaut dijo en su día que “el cine era el arte de la mujer”, pero “Nueve semanas y media” de Adrián Lyne fue la antitesis de esta afirmación.

Kim Basinger fue solo un recipiente (en el sentido más amplio y también culinario de la palabra) en esta película del misógino esteticista, que siempre ha sido este brillante director británico.

Rourke fue el intérprete ideal para “Nueve semanas y media”: un mal bicho, arreglado de domingo, rozando la sordidez canalla, pero asistido aun por la galanura de la juventud.

Gracias a este film, (que se mantuvo en cartel durante 5 años en París), se ganó para siempre la condición de arquetípico chico malo, con el que sofocar calenturientos deseos.

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Nadie en su sano juicio se creyó en 1986 el “te quiero final” de esta, hoy casi olvidada, película.

Como si de un imán se tratara, atraía a su lado a directores de hiperbólico efectismo y Alan Parker fue sin duda el rey de ellos.

El corazón del ángel” es una eficaz mezcla de cine negro, santería y sexo; y Rourke se mueve como pez en el agua en una trama que pasará a la historia al presentarnos al héroe más mugriento e indolente jamás visto en pantalla.

En este film Mickey Rourke le aguantaba la mirada, con nota, a un extrañamente disciplente Robert de Niro que encarnó uno de los pocos papeles olvidables de su carrera.

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De los 90 he decidido obviarlo prácticamente todo; pero no quiero pasar por alto su fugaz paso por el boxeo profesional.

No creo que sea el único partidario de este admirable actor que aplaudió su decisión de cumplir un sueño de juventud.

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El sanedrín de la industria le presentó como alguien patético e irrisorio; olvidando que hablaban de un hombre libre y con el dinero suficiente para elegir su destino.

La aventura boxística le ha dejado terribles secuelas, en forma de asimetría facial, que unida a su más que reconocida multiadición, le han dejado totalmente irreconocible en un espacio de tiempo relativamente corto.

Pero esto, que sería un trauma para el común de los mortales, le ha servido a Rourke para devorarse al resto del reparto en el film de Robert RodríguezSin City”; demostrando que la química explosiva de su personalidad está intacta.

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Por fin llegamos a su ultimo trabajo “The Wrestler”; cada fotograma, cada párrafo de su guión es un trozo de la azarosa vida de Mickey Rourke que, inexplicablemente, no se llevó por esta cinta la “Copa Volti” al mejor actor en La Mostra de Venecia.

Abogo por el oscar para este gran actor, a modo de bofetada a las mentes bienpensantes de Hollywood; Rourke será siempre para millones de incondicionales un actor por encima de las historias que interpretaba; que no se tomaba en serio ni al resto del reparto, ni por supuesto a él mismo; y esto fue precisamente lo que le hizo grande.

En nuestras retinas permanecerá indeleble la imagen del hermano mayor de Matt Dillon en “La ley de la calle”; aquel inolvidable “chico de la moto” al que todos admirabamos.

(Fuentes extraídas de diversas Wikipedias)

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