5 agosto 2009 Animación, Opinión

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Si eres de los que todavía cree que las muñequitas de trapo, los botones de colores y los algodones de azúcar son adorables no deberías adentrarte en Los Mundos de Coraline. La magia de Henry Selick, à la manière de Tim Burton, tiñe de oscuro y tenebroso todo lo que encuentra a su paso. Aquí las flores más perfumadas del jardín cobran vida durante la noche y se enredan en tus botas. Aquí los gatos hablan sin palabras saltando de una dimensión a otra y la luna se reviste con una capa amarillenta que no augura nada bueno. Todo es posible aquí, en Los Mundos de Coraline.

La asimilación de esta oda cinematográfica a la obra de Burton puede producirse de dos maneras: podemos desconocer por completo la estética que convirtió en pesadillas la nieve de innumerables navidades. En este caso, una vez hayamos superado el hecho de que no se trata de una película para niños disfrutaremos a lo grande, como niños… grandes, una paradoja bastante común en este tipo de arte. Sin embargo, si ya conocemos de antemano algo de lo que Selick y Burton son capaces me atrevería a decir que disfrutaremos aún más. El que se siente en la butaca esperando otra entrega de Jack Skellington y sus aventuras se dará cuenta de que la obra ha evolucionado, ha mutado y lo ha hecho para mejor.

Tim Burton no ha tenido nada que ver con la película, pero sí ha tenido mucho que ver con Henry Selick. El director de Pesadilla antes de Navidad parece compartir con Burton esa extravagante imaginación que desborda originalidad y frescura. En ningún momento de la película se echa de menos al creador de Eduardo Manostijeras, en este caso, el plagio toca a la puerta de la usurpación. Selick se convierte en Burton, imposible diferenciarlos.

El argumento de la película es una simple excusa para que toda suerte de pintorescos personajes y surrealistas decorados nos hipnoticen por completo. Un exgimnasta ruso que adiestra ratones saltarines, dos gruesas vecinas, antaño actrices de éxito que viven del pasado, un tímido compañero, valiente por fuera, aterrado por dentro y un gato callejero que hace las veces de consciencia convierten a la película en un frenético circo de personalidades contrastadas.

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Coraline debe mudarse debido al trabajo de sus padres. Su nuevo hogar y la actitud que sus padres toman en él dista mucho de lo que una niña de su edad podría desear. El aburrimiento no tarda en apoderarse de ella obligándola a husmear por toda la casa en un vano intento de escapar de él. En una de las habitaciones, Coraline encuentra una pequeña puerta que conecta su nueva casa con otra exactamente igual, pero en otra dimensión. Allí se encontrará con réplicas exactas de sus vecinos, del gato con el que siempre se encuentra en el bosque… y de sus padres. Sin embargo, las réplicas no son tan exactas, en esta dimensión Papá y Mamá son extremadamente divertidos y atentos y todo parece estar confeccionado al gusto de Coraline. Todo salvo una cosa. Aquellos que habitan al otro lado de la pequeña puerta no tienen ojos, en su lugar llevan cosidos un par de botones.

A partir de aquí la trama gira en torno a la idea de colocar prioridades en una balanza: ¿sacrificar nuestros ojos para habitar en un mundo de aparente felicidad y diversión o rechazar tan suculenta oferta y confiar en que la vida con nuestros verdaderos padres mejorará?. El nudo argumental se resuelve pronto, Coraline descubre que su otra madre asesina a quienes no ceden cuando se les pide que cambien sus ojos por dos tétricos botones. Aquí comienza una nueva historia sobre la valentía de una niña que pretende regresar a su anterior vida salvando de paso a los niños perdidos y como no, a sus padres.

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Selick consigue que el guión no aburra, sin duda no es una obra maestra y resulta muy predecible, pero la fusión entre miedo y ternura nos obliga a llegar hasta el final de la película.

Los Mundos de Coraline no defraudan, recomiendo encarecidamente que le deis una oportunidad. Además, si encima hacéis como yo y os rodeáis de la compañía adecuada la película puede conseguir que todo se detenga por un instante. No penséis en Burton, no penséis en Selick, pensad en Coraline.

Nota | 8

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Comentarios

1 comentario
  • Eneko Ruiz

    Yo creo que más allá de la estética de Burton, ese tono oscuro e imaginación viene desde Neil Gaiman, famoso autor de la novela original que estuvo muy presente en su adaptación. Gaiman, que también cuenta con una imaginación desbordante y muy sórdida como ha demostrado millones de veces en el mundo del cómic, hace un papel similar al que Burton hiciera en Pesadilla antes de Navidad, ideador y director creativo principal. Pero posiblemente de allí venga la influencia que contemplas.

    Eso sí, inevitablemente parece que siempre acabaremos relacionando el stop-motion con el director de Eduardo Manostijeras, cuando es Selick el que más ha trabajado con la técnica ya fuera en la tontería de Monkeybone o en la entretenida Jack y el Melocotón gigante.

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  1. Bitacoras.com 5 agosto 2009

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