22 diciembre 2014 Comedia

Noche en el museo: el secreto del Faraón. Más de lo mismo

Una vez más, la tercera, volvemos a encontrarnos con Larry y todos los seres del Smithsonian que cobran vida cada noche merced a la magia de una tablilla egipcia.

Esta vez la magia se está agotando y tendrán que viajar a Londres, al Museo Británico, para descubrir el secreto del Faraón, el secreto de esta tablilla, que está perdiendo su magia y haciendo que las figuras se comporten de un modo extraño.

Entonces ¿encontraremos algo nuevo en esta tercera (y última) entrega de la saga? ¿Algo original que merezca la pena ver, por tercera vez, la misma historia? La respuesta es, simplemente, no.

Podríamos pensar que al viajar a otro museo, con otras culturas (básicamente las griega, romana, hindú y alguna otra), veríamos nuevos chistes y bromas o, al menos, nuevas y originales versiones de chistes ya vistos en las dos entregas anteriores. Pero no es así en absoluto. De hecho desaprovechan estos nuevos temas de una forma patética: las (incompletas) esculturas griegas ni hablan, se limitan a arrastrarse; una estatua hindú es convertida en un trasunto cómico de un payaso o un mono; incluso repiten la broma del dinosaurio.

Noche en el museo: el secreto del Faraón. Más de lo mismo

Sólo toma protagonismo, de los nuevos personajes, Lancelot. Este buen caballero, apuesto y valiente, será el catalizador de la última aventura, pero eso no quiere decir que lo aprovechen en absoluto. Se limitan a presentarnos un estereotipo que sólo sirve para dar más protagonismo al personaje de Ben Stiller (protagonista doble en esta entrega).

Noche en el museo: el secreto del Faraón. Más de lo mismoLos gags no tienen gracia, están estirados excesivamente, ya los hemos visto en las anteriores películas y, lo peor de todo, es que intentan hacer una “comedia con fondo emocional”. Nos plantean un pretendido conflicto generacional padre-hijo que no está bien planteado desde el principio, donde tanto uno como otro no saben representar su, en teoría, conflictivo papel. Además, de una forma burda y sin gracia, nos presentan a dos personajes para dan mayor énfasis a este conflicto. Por un lado está Lancelot, que sería el tipo de padre enrollado y cool que podría desear un hijo (por supuesto, al final resultará ser mucho peor que el padre verdadero); por otro lado tenemos a un “hijo” de Stiller (interpretado por él mismo) obediente y sumiso (más por ingnorante que por cariño filial).

Técnicamente, en cambio, habría que darle muy buena nota. A pesar de algún pequeño fallo perdonable, los efectos especiales son magníficos, destacando escenas como la de los leones en plena calle o la persecución que tiene lugar dentro del cuadro “Relatividad”, de M. C. Escher.

En resumen, una película que sin ser aburrida no es en absoluto una comedia, debido al pobre guión y a un Ben Stiller que lleva años interpretando el mismo papel. Sólo destacaría el divertido cameo de Hugh Jackman, riéndose de sí mismo. Pero incluso este chiste resulta demasiado alargado.

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