2 febrero 2012 Opinión

En una escena de La piel que habito, el personaje interpretado por la magnífica Marisa Paredes define la actitud de Antonio Banderas como el amor de un loco. Frase que bien podría aplicarse al director de esta extraña y arrebatadora película, el amor de un loco por el cine, el amor de un loco por el riesgo, el amor de un genial contador de historias, tan rocambolescas como bellas, por su público y su compromiso con este de nunca tomar el camino fácil, con todo lo que ello conlleva.

Pedro Almodóvar es un cineasta peculiar y genuino, tan amado fuera de nuestras fronteras como vilipendiado en nuestro país. Y es que en ciertos sectores de esta querida patria nuestra, todavía no se tolera que personajes como Almodóvar posean una voz autoral propia y una libertad creativa a prueba de bombas. Más de uno habrá fruncido el ceño ante la avalancha de nominaciones para La piel que habito, realizando las típicas acusaciones de amiguismo a que nos tienen acostumbrados. Acusaciones y recelos que en países como Francia no tienen la menor cabida ya que allí sí saben reconocer a un genio cuando se topan con él.

Hubiese sido fácil para Pedro Almodóvar no realizar una película como La piel que Habito, plegarse a ese estatus internacional del que viven otros directores, realizando películas insustanciales una vez al año y dormirse en los bien merecidos laureles. De hecho, su salud y sus amigos se lo hubiesen agradecido. Pero ese riesgo que asume Almodóvar en su cine es precisamente el que le otorga codearse en el Olimpo de nombres como Federico Fellini o Luis Buñuel.

En un año en el que dos obras maestras como la cinta de Almodóvar y No habrá paz para los malvados compiten por todo en los premios Goya, estos ataques orquestados contra el cine español, y personalizados en su máximo exponente Pedro Almodóvar, son todavía más risibles e infundados.

Pedro Almodóvar se siente completamente cómodo caminando entre el fino alambre de lo sublime y lo ridículo, saltando al vacío incluso en el momento más inesperado, consciente de que ese salto es precisamente lo que separa al genio del buen director. Sin embargo, Almodóvar es un loco que cuándo salta al vacío lo hace de la mano de la música maravillosa de Alberto Iglesias y de la fotografía excelsa de jose Luis Alcaine lo que asegura, más que una caída, un plácido vuelo.

También te puede interesar

    No hay entradas relacionadas

Comentarios

Enlaces y trackbacks

  1. Bitacoras.com 2 febrero 2012

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *