9 noviembre 2011 Actores, Drama, Noticias, Opinión

A la sombra del éxito de ese actor de rostro impasible llamado Kevin Sorbo, Sam Raimi decidió crear en 1998 un spin-off sindicado adicional para el universo de Hércules y Xena. Su nueva (¡y brillante!) idea era transformar al mítico héroe griego en un jovenzuelo todopoderoso y rubio que tendría el rostro de un desconocido Ryan Gosling, que por aquel entonces no alcanzaba ni la mayoría de edad. El resultado, más cutre y barato incluso que las anteriores producciones, no tuvo demasiado éxito, solo dando material para una temporada de 49 episodios, pero dio a conocer a una de las grandes estrellas del cine actual, un actor que, desde aquel mitológico papel, ha ido pasito a pasito ganándose el respeto de la industria, los cineastas y de la audiencia. Eternamente tratando de huir de esa imagen de eterno adolescente guaperas.

Nacido en 1980 en Ontario, este canadiense comenzó a despuntar en 2004, cuando el inesperado (y empalagoso) triunfo taquillero de El Diario de Noa le convirtieron en una de las caras más prometedoras del futuro de Hollywood. La película de Nick Cassavetes le abrió las puertas del cine, donde solo había rodado algún film independiente (entre los que destaca su neo-nazi de El creyente) y la olvidable Asesinato… 1-2-3 (de la que nació una relación amorosa con Sandra Bullock), y el empujón sirvió para que le empezaran a llegar guiones desde las más altas esferas.

No obstante, el intérprete decidió no dejarse llevar por el dinero y la fama y cuidó con ahínco sus elecciones, especializándose en directores primerizos que preferían trabajar a espaldas de las grandes productoras.

Su primer proyecto tras los 115 millones de dólares que forjó The Notebook en todo el mundo, además de poner voz a un documental sobre el holocausto (del que nos enteramos por casualidad, gracias a IMDB), llegó con Tránsito (Stay), dirigida por un Marc Foster recién salido de la adorable Buscando nunca jamás que ya dejaba entrever sus dotes como director con poca personalidad, no demasiado capacitado para sacar jugo al material que se le aportaba. Todavía con un aspecto de adolescente rebelde, y un corte de pelo encargado por el diablo, el actor conseguía el tercer nombre de un cartel que capitaneaban Ewan McGregor y Naomi Watts. El thriller fue un notable fracaso en la taquilla de 2005, pero, por suerte, Gosling ya tenía nuevos pastos de los que alimentar su creatividad, aunque fuera sin ganar un duro. Su próximo proyecto, Half Nelson no podría llegar en mejor momento, y cierta importante Academia iba a tener en cuenta el talento de este joven que parecía llevar suficiente tiempo pasando de tapadillo.

El film indie fue una de las sensaciones de Sundance en 2006, y parte del mérito se lo debía a su protagonista, un Gosling barbudo que se rodeaba de adolescentes desconocidos para ahondar en un tema recurrente de la historia del cine comprometido, la educación en los barrios marginales. Su profesor idealista y decidido le valía para emocionar a la audiencia, y para que los profesionales supieran que era algo más que una cara bonita, un encasillamiento que constantemente intenta evitar. Una pequeña historia humana que le servía para hacerse con su primera -y de momento única- nominación al Oscar. Una interpretación que había capturado en solo 23 días de rodaje. Gosling había dejado de ser un Ryan Reynolds de segunda. A este triunfo le siguió la mucho más olvidable Fracture, otro thriller de misterio que compartía con Anthony Hopkins.

Pese al reconocimiento, el actor no dejó de interesarse por el cine de autor y, en 2007, entre risas y lágrimas, se tiró a la piscina con Lars y una chica de verdad, película que se convirtió también en una de las favoritas de la ronda de festivales. Dirigida con humor, sobriedad y cariño por el debutante Craig Gillespie, Gosling se ponía capas (literal y figuradamente) para convertirse en el tímido Lars, locamente enamorado de un maniquí. Unos kilos de más, ropas de invierno y un característico (y horrible) bigote formaban un personaje definido por su soledad, por el que sientes compasión nada más aparece en escena. El intérprete demostraba que detrás de su media sonrisa y su desbordante atractivo se encontraba un gran camaleón. Hasta el momento, Lars es el caracter más interesante de su trayectoria.

En 2010, Blue Valentine le llevó a hacer otra apuesta arriesgada. Sin financiación alguna, este descorazonador drama romántico de Derek Cianfrance lo ponía en un rodaje de película. Tras gabrar durante tres semanas la simple historia de cómo una pareja se llega a conocer, Gosling y Michelle Williams se encerraron durante un mes juntos en una casa, para asimilar su relación de la ficción y aviejar su aspecto. Al salir “solo” quedaban por filmar las secuencias de la vida de una pareja cuya relación se ha ido al garete tras años de convivencia. El experimento salió bien y el carisma y la complicidad de los actores, que rodaron muchas de sus secuencias por improvisación, se palpa durante toda la cinta, en los momentos más divertidos y en los más brutales. El film recibió una notable publicidad en festivales y entregas de premios, y la taquilla multiplicó por diez su coste (de poco más de un millón de dólares). Su dual personaje, divertido y destrozado al mismo tiempo gracias a la narración cronológica a saltos, le llevó a optar a su segundo Globo de Oro, aunque de manera injusta, esta vez, la Academia se olvidó de él para nominar la inferior actuación de su compañera, con un rol mucho más típico y lacrimógeno. Pero éste no será su último intento de lograr la gloria, y seguir superándose a sí mismo. (Continuará…)

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