26 agosto 2011 Aventura, Ciencia-Ficción, Críticas

En 1982, un adolescente de 16 años llamado Jeffrey Jacob Abrams y su íntimo Matt Reeves (director de Cloverfield) participaron en un festival de cine con un cortometraje grabado en super 8. La historia de esta pareja de jóvenes talentos llegó hasta un artículo de periódico y la noticia, a su vez, aterrizó en la mesa del despacho de Steven Spielberg, que por entonces era Rey Midas de Hollywood. Un día después, la secretaria del director llamó a los niños para ofrecerles un acuerdo inimaginable. Spielberg les confiaría las cintas originales de su juventud para que las arreglaran y las remasterizaran. El mayor regalo que le podían hacer a un amante del cine que, no por casualidad, en el futuro sería referido por muchos como el ‘nuevo Spielberg’.

Super 8 es la película más personal de este cinéfilo empedernido, que ahora tiene la suerte de estar protegido por el magnate detrás de Dreamworks. Como hicieran ellos, los protagonistas de este film son un grupo de niños dedicados en cuerpo y alma a que su cinta sobre zombies llegue a buen puerto. Todo parece muy normal hasta que durante uno de sus rodajes una furgoneta hace descarrilar un tren, dejando escapar algo misterioso que comienza a poner en jaque a todos los habitantes de su pequeño pueblo.

Mezcla entre actores infantiles y niños sin ninguna experiencia en el mundillo, el reparto de chavales formado por Joel Courtney, Riley Griffiths, Ryan Lee, Gabriel Basso, Zach Mills y Elle Fanning no es resabido ni insoportable, como acostumbran a ser muchos jóvenes talentos. Todo lo contrario, son cercanos, ingenuos y amables, y cada uno tiene su propia personalidad. Lo más cercano a Los Goonies que el cine ha dado en los más de 25 años que han pasado desde sus aventuras. Igual que aquellos jóvenes piratas conquistaron el corazón de toda una generación, éstos consiguen capturar el nuestro a través de un homenaje que no se esconde, una apasionante película de aventuras que también está plagada de sentimiento. Escenas como en la que, acompañados por un proyector, la joven Fanning -divertida, adorable y desgarradora- se confiesa ante su nuevo mejor amigo mientras se contiene las lágrimas demuestran que si algo rebosa la película es alma.

Un rebosante cariño por ese tiempo cuando se hacían películas para niños sin ser insultantes a la inteligencia de los adultos; cuando una insoportable promoción no mataba la satisfacción de sorprendente en una sala; cuando los efectos por ordenador y la fanfarría se colocaba en un plano menor al del corazón.

Pero esta película producida por Spielberg no es la única que nos viene a la memoria al pasar casi dos horas sentados en la butaca. Encuentros en la Tercera Fase, E.T. o Los Gremlins se unen con un monstruo compañero del de Cloverfield que emite parecidos ruidos al de Perdidos y que, como aquél, va acompañado por las partituras de un Michael Giacchino que consigue hacer personal incluso su mejor John Williams. Si Abrams es el nuevo Spielberg, el compositor es el nuevo genio musical de Hollywood.

Los niños no son los únicos que tienen la suerte de participar en la fiesta de J.J. Están acompañados por un excelso reparto adulto de character actors que dan realismo a la cinta en una época donde las estrellas no son tan estrellas y los actores televisivos pueden capitanear estrenos exitosos. Kyle Chandler (Friday Night Lights), Jessica Tuck (True Blood), Glynn Turman (En Terapia), Noah Emmerich, Michael Hitchcock y Ron Eldard son una buena muestra de cómo robar un plano en pequeños -pero importantes- roles.

Cuando le preguntaban por sus disputas con Stanley Kubrick sobre su visión de El Resplandor, Stephen King contestaba que él era un autor que sentía más de lo que pensaba, mientras que al director le ocurría lo contrario. Si separáramos a toda persona creativa en estos dos grupos, J.J. Abrams pertenecería muy probablemente al primero. Si su obra adolece de algo eso son los agujeros en los guiones, momentos repentinos que no explicamos cómo han llegado a ser y que podrían haberse solucionado con una simple línea de diálogo. ¿Cómo se sobrevive un choque frontal contra un tren en movimiento?¿Cómo llega el protagonista a saber que el cementerio es el sitio donde buscar?

Como ocurría en Star Trek o Alias, el entretenimiento y el corazón de la película salvan al final lo repentino y jovial del guion, un libreto que, al igual que sus protagonistas, es ingenuo y aventurero, pero que, sin embargo, sigue chirriándonos. Todo ello es parte de un cine que ya no se hace, un cine que, aunque no sea para los paladares más cínicos, añoramos. Una manera de ver el cine que, aún sin ser original ni novedosa, nos retrotrae a los mejores años de Richard Donner, Chris Columbus o Robert Zemeckis. Nos llamaran nostálgicos pero… ¡Qué bien nos lo hicieron pasar!

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