17 enero 2012 Clásico, Comedia, Especiales, Opinión

El éxito y la relevancia cultural que ha alcanzado el fenómeno The Artist ha vuelto a sacar a la palestra una de las más antiguas discusiones de la historia del cine, una que creíamos extinta: el mudo contra el sonoro (esos famosos talkies que dan más de un dolor de cabeza al protagonista del film). Esta comedia romántica, tan cautivadora, comercial y asequible (para bien y para mal) como cualquiera de las mejores obras del género, no es en blanco y negro y muda por una mera cuestión estética, sino que destila historia del cine auto-referencial por todos sus poros. The Artist se enfrenta a lo establecido, mientras que lo abraza y mantiene la pauta marcada por los pioneros sin necesidad de mayores artificios modernos.

El director Michel Hazanavicius ha logrado conjurar con buen pulso un homenaje a Hollywood desde Francia, y, de paso, ser la clara favorita en la carrera de premios. Teniendo en cuenta que Wings es la única cinta muda en hacerse con el Oscar a Mejor Película (y eso fue en la primera ceremonia de la Academia, cuando el silencio ya daba sus últimos coletazos) y que, además, ‘El artista’ va camino de superar los 30 millones de euros en su acumulado mundial, la película está preparada para hacer historia, precisamente en una temporada en la que las películas sobre el pasado de la meca del cine están de moda. Pero el parisino no es el primer cineasta que ha luchado por el cine mudo, buceando en su historia y rendido ante su contenido. Desde la época de transición de Chaplin hasta La última locura de Mel Brooks, pasando, por supuesto, por Cantando bajo la lluvia y El Crepúsculo de los Dioses, el cine mudo ha sido revindicado desde que la industria lo enterrara sin piedad y en un tiempo récord.

En las antípodas del celuloide, Charlie Chaplin fue caballero errante en la guerra contra el sonoro. Corrían los años 30, y el sonoro había absorbido todo el mercado en menos de una década desde su perfeccionamiento. Sin piedad, ni memoria. Las estrellas mudas se marchitaban en el olvido y los magnates querían cambiar el modelo de pies a cabeza. Pero el cineasta británico, presionado por los estudios a reconvertirse, seguía creyendo en la antigua fórmula. Mantenía que el séptimo arte es tiene como principal valor la imagen y que los diálogos ni iban a arreglar ni mejorar su obra. Aferrándose como un clavo ardiente, Chaplin siguió a lo suyo, pero, pese su notable éxito, nada volvería a ser lo mismo en su carrera.

Luces de la Ciudad (1931) da el pistoletazo de salida a esta etapa de transición en tres pasos, una que muestra como el cineasta y su más mítico personaje van perdiendo la lucha contra el sonoro, cambiando no solo las palabras formales sino también sus mensajes, su estilo y su visión. City Lights fue la última película completamente muda del genio, una obra maestra inconmensurable lanzada cuatro años después de El cantante de Jazz, considerada el primer talkie de Hollywood. Pero donde de verdad Chaplin hizo un corte de mangas a los magnates y toda la industria -así como al resto de la sociedad- fue en Tiempos Modernos (1936). Allí, no solo se escuchaba aquella descorazonadora melodía titulada Smile, sino que Charlot (conocido en EEUU simplemente como The Tramp, o el mendigo) abría casi al final de la película sus laringes para cantar una sonata en un francés ininteligible.

La secuencia parece un simple gag que aprovecha las características del sonoro. No obstante, es mucho más. Es un alegato a través del medio que mejor sabía manejar Chaplin. El genio demostraba a los magnates que también sabía hacer reír con palabras, pero que a veces la simple palabrería no quiere decir nada. Su humor, y el slapstick en general, no necesitaba de nada más para contar una historia, emocionar y triunfar. No es que no supiera hablar. Simplemente no quería hacerlo en pantalla. Aún así, Chaplin sabía que era su momento. Por una vez abandonaba a Charlot feliz y entero, caminando hacia el horizonte. Su personaje más icónico nunca volvería a aparecer, al menos con ese nombre, pero el director todavía tenía mucho que decir sobre el cine mudo, aunque lo tuviera que decir hablando.

El Gran Dictador (1940) cierra esta trilogía de transición. Hablada en su forma, pero muda en su corazón y estructura, este es el salto definitivo para Chaplin. A partir del tercer actor de la cinta y hasta el final de su carrera, el cineasta se olvida del slapstick puro, para dar vida a un cine artístico, marcadamente dramático y profundamente biográfico, donde una y otra vez entrará en juego su mayor obsesión: la palabra. La metatextualidad de la propia obra sobre Hitler no solo explora el histórico momento que se abría a su alrededor, sino que también es un reflejo claro de la evolución personal y profesional por la que pasaba el cineasta.

En El Gran Dictador todo culmina cuando el barbero -sustituto del vagabundo- se convierte en dictador y abre su boca para abandonar los balbuceos pseudo-germanos del líder y sustituirlos con un discurso populista digno del momento. Chaplin habla directamente a la cámara, quitándose la máscara para dialogar, al mismo tiempo, tanto de la política (el mensaje pacifista es claro) como de la nueva técnica cinematográfica. “Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que tecnología necesitamos humanidad“. ¿Quiénes son los dictadores a los que hace referencia en su diatriba? ¿El führer que se levanta en Europa, o los magnates cinematográficos que no dejaron a Chaplin expresarse con libertad para crear sus propias obras?

Chaplin, por lo tanto, se levantó en armas contra el sistema. Nadie más que él tenía el poder ni los medios para enfrentarse a los repentinos cambios y, aunque su victoria fue pírrica, pudo seguir viviendo del cine. La mirada de Charles Chaplin nunca sería igual, pero, al contrario que la plana mayoría de estrellas de cine mudas, él al menos fue capaz de sobrevivir. La reinvención de George Valentin en The Artist es la guinda de una película necesitada de un final feliz, pero la realidad de las celebridades era mucho más similar a lo que Billy Wilder narró en El Crepúsculo de los Dioses.

Mudas y sonoras indistintamente, la lista de films a la que The Artist hace referencia es casi interminable. En una primera secuencia que comienza, nada casualmente, con un “No hablaré” es imposible que Metrópolis (1927) no venga a la memoria. La música, los planos, los decorados pasean por Vértigo (lo que ha dado algún dolor de cabeza a la actriz Kim Raver), Ha nacido una estrella y Ciudadano Kane (esa mesa de desayuno…). Esa feliz escena final, además, pone en primera plana la época dorada de los musicales, de la mano de un Gene Kelly reencarnado en el expresivo Jean Dujardin. Lo que nos lleva de manera directa hasta su máxima inspiración, Cantando Bajo la Lluvia, el clásico entre los clásicos que también hablaba sobre Hollywood, el mundo del cine y la complicada transición al sonoro, que dejó unos cuantos cadáveres por el camino. Pero de esta obra maestra, además de Wilder y de Mel Brooks hablaremos en la segunda parte de esta celebración de The Artist.

En Cinetelia | The Artist y la lucha contra el cine sonoro a través de los años (II): Kelly, Wilder, Brooks y otros artistas del montón

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