22 enero 2010 Comedia, Críticas

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Durante años, las comedias con el sello Coen se han ganado una personalidad propia donde habitualmente se nos retrata como uno o más fracasados (o tipos corrientes como queráis llamarlos) se ven superados por la situación dentro de un embrollo sin salida que se complica por momentos. Con diversos tonalidades Fargo, El Gran Lebowsky, Arizona Baby o Quemar Después de Leer son un buen ejemplo de esta estructura, y su última obra es un acierto más en este recorrido que ya tiene dos décadas. Sin embargo, Un Tipo Serio no es solo eso (ninguna lo es), sino que también es la historia más personal de los directores, donde consiguen plantearse preguntas alrededor de su religión, su madurez y el paso del tiempo en general, así como alejarse del Hollywood comercial para dar rienda suelta a sus temores más profundos.

Envuelto en este argumento, la cinta nos presenta a Larry Gopnik, un profesor y matemático que ve su vida pasar como quien observa los edificios en construcción, con una perspectiva que no le supone esfuerzos ni dolores de cabeza. Pero, como era de esperar, su mundo se desmorona cuando su esposa decide abandonarle por un amigable vecino, un primer fracaso que le hará replantearse su existencia, su lugar en el mundo y que traerá consigo toda una serie de sucesos que irán cayendo como piezas de dominó. Haber dejado el mundo en las manos de otro le va a traer ahora más que un dolor de cabeza, pese a que su mente parezca seguir negando que algo iba mal.

Con un obvio humor negro, los judíos -como los británicos- tienen el poder de hacernos reír del patetismo de las desgracias humanas y de síntomas que en nuestra vida cotidiana serían catástrofe. No obstante, no nos reímos de Gopnik por el mal que le depara la vida, sino por los identificados que nos sentimos en su búsqueda de preguntas y una nueva estructura social. Todas ellas son carcajadas que duelen y perviven, igual que le duele al protagonista todo lo que rodea su existencia y en lo que nunca se había parado a pensar, siempre habiéndolo observado desde la más pura apatía.

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Cuando abandona su casa, sus hijos no ven la diferencia, y su religión, pese a la eterna palabrería que comparten todas las iglesias, no le da la solución perfecta, ni le entrega la prometida calma o una simple explicación. Por el contrario le hace sentir, si cabe, un desasosiego y miedo mayor. Y es que lo que siempre ha sido su único apoyo vital no puede calmarle sus desdichas en el momento que importa, y ninguno de los tres Rabinos a los que visita (diversos y fantásticos al mismo tiempo) hace que las santas escrituras arreglen algo, más bien deciden irse por las ramas y narrar sus sonoras y cacareadas enseñanzas en una plática compleja sin conclusión real. Al mismo tiempo, este cautivador personaje, interpretado por el desconocido Michael Stuhlbarg, ve como cae a su alrededor otra religión fortificada en el universo de lo asentado, la del sueño americano, las de esas Little boxes a las que hacía referencia Malvina Reynolds en la cabecera de Weeds, o con las que se han cebado cineastas como Sam Mendes y Alan Ball en su obra, juntos o separados. Los años finales de los 60 es una época propicia para contar este cambio de aires de creencias asentadas que, sin embargo, tampoco ha cambiado tanto como parece. Todo era perfecto, o eso es lo que se intentaba trasmitir.

Este tipo serio, seco, correcto y que siempre acata los hechos y lo justo, es bordado como decíamos por ese Stuhlbarg que los transmite todo con una mirada cansada y atípica que no ha contado con grandes oportunidades para pasearse por la gran pantalla (aunque sí por las tablas de Broadway). Estaremos atentos a este nominado al Globo de Oro que recientemente ha fichado por el televisivo Boardwalk Empire de Martin Scorsese para cambiar de registro. Como atentos estaremos al excelente reparto de “character actors” que lo rodea, todos poseyendo su particular momento de gloria, como gloriosos son un hermano genio con el síndrome de Peter Pan como Richard Kind; o el “cándido” amante de su esposa en el que se mete Fred Melamed. Los Coen han tocado los botones correctos con estas elecciones, y es que necesitaban un elenco de rostros desconocidos para que los actores no superasen a los personajes, y fueran retratos más reales de lo que representaban. Tantas subtramas y personajes que son destacables y tienen un mundo a sus espaldas que un solo artículo queda corto para describirlas: el vecino fervientemente americano a lo Gran Torino, el joven estudiante asiático que quiere unas facilidades que su profesor no le da….

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Al igual que el brillante pasaje histórico que abre la cinta, creado por los Coen al no encontrar ningún cuento yeddish popular para lograr atar perfectamente con el tono y sentido del film, Un Tipo Serio es un magnífico retrato de humor negro lleno de capas y que nada tiene que envidiar al drama más serio y aplaudido de cualquier realizador. No es una historia espectacular ni fuera de lo común (en lo que a los Coen se refiere), pero sí un retrato certero que describe las inquietudes de sus creadores, y del ser humano en general, con detalle y sin fuegos de artificio. Exhuma el apellido Coen por los cuatro costados, todo es personal y por lo tanto es muy particular, con una historia que por su rareza y humor surrealista hará huir a muchos cuyo concepto de comicidad es otro muy distinto.

Al final nos damos cuenta que todo era un puzzle descolocado montado a la perfección y con lujo de detalles que tienen consecuencias nefastas para nuestro protagonista. La ruleta sigue, las piezas de dominó han caído y a Gopnik le toca observar como su comodidad sigue desapareciendo a pasos agigantados, lentamente y haciendo daño, y, lo más importante, sin poder evitarlo. Ahora es el momento de seguir viendo la existencia pasar, el destino ha llegado y está para quedarse. Es divertidísimo, nos reímos a carcajadas, y al mismo tiempo tu alma sale agujereada.

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