29 abril 2012 Acción, Aventura, Críticas

Para los fieles lectores de cómics, ir al cine a ver una película de super-héroes ha sido siempre una experiencia única. A principios de siglo, Bryan Singer abrió la veda, a través de X-men, al reciente furor por adaptar los decanos personajes de Marvel y DC a la gran pantalla. Con resultados cualitativos cuanto menos irregulares, la compañía fundada por Stan Lee comenzó entonces a colaborar con diferentes estudios para exprimir al máximo a sus héroes. Tanto los más populares como los anónimos para el público generalista, podían recibir la oportunidad de convertirse en pasto de las audiencias veraniegas. Pese a contar desde el principio con una única productora con la que trabajar, la compañía de Warner, por el contrario, no ha sabido desarrollar su universo cohesionado más allá de Gotham City, sub-refugio batmaniaco donde -avalado por la malograda tetralogía originada por Tim Burton Christopher Nolan se ha alejado de convencionalismos, para imprimir su estilo propio en una cinta más cercana al noir que a los hombres con capa.

Habiendo convertido a los super-héroes en un sub-género con todas las de la ley, con innumerables clichés propios, este recorrido de más de diez años alcanza ahora su culmen en Los Vengadores. Sin renegar en ningún momento de las ventajas y limitaciones que se asumen del género, Joss Whedon nos demuestra que todavía hoy se pueden combinar los elementos a la perfección para erigir un blockbuster con mayúsculas, uno del que Hollywood pueda sentirse orgulloso en décadas venideras.

Hija del cine de aventuras de los 80, la primera secuencia del film arranca con la introducción más trepidante desde el comienzo de las Indiana Jones. Por arte del cubo cósmico que SHIELD guarda bajo llave en una instalación super-secreta desde hace décadas, Loki (Tom Hiddleston) consigue abrir una puerta inter-dimensional para colarse en la Tierra. Apoyado por una orden galáctica preparada para sembrar el caos y destrucción a su paso, el aterrizaje de la deidad vikinga pone el listón muy alto. Explosiones, persecuciones y posesiones infernales como entremés podían anticipar que el presupuesto se había pulido en los primeros diez minutos. Nada más lejos de la realidad. Las dos horas y veinte subsiguientes, apasionantes, divertidas y espectaculares, nunca decaen. Es más, ese final, apoteósico y vibrante, nos hace olvidar que los clímax de las anteriores cintas Marvel parecían se asemejaban a un coitus interruptus.

Pero alguien no contrata a Whedon solo por su buena mano para no hacer explotar la espectacularidad sin necesidad de un gran presupuesto. Ni siquiera lo contratan por su cariño con la ciencia-ficción y la fantasía, con la que tiene un pasado en televisión y en las viñetas. Si alguien quiere a este cineasta es, además de por las razones enumeradas, por haberse convertido en uno de los grandes dialoguistas del negocio, capaz de trasmitir ingenio a las situaciones y personajes más adversos. Lo que en la superficie puede parecer una historia tópica, se convierte en sus manos en un clásico del género, respetando los cánones y convencionalismos pero aportando su visión intransferible. Lo logró con Buffy y Firefly. Ahora lo hace con Los Vengadores. Sus firma, las rápidas conversaciones llenas de referencias (e incluso referencias a las referencias) se multiplican por el segundo acto, hecho para las carcajadas (en el mejor sentido de la palabra) pero con el objetivo final de caracterizar a estos poderosos personajes que chocan en este mundo donde el gusto está en la diversidad.

Whedon logra imprimir el alma de la cinta de la mano de uno de los recursos más clásicos del universo comiquero, enfrentar a los héroes contra sus iguales. El proceso da paso a excepcionales cara a cara -sueños mojados de todo geek. La idea nace curiosamente de los fans, que se planteaban en las redes cómo el director conseguiría mezclar en celuloide universos tan opuestos. La noción gustó tanto a Whedon que decidió convertir a sus protagonistas en divas irrefrenables destinadas a chocar, física y dialécticamente. Porque, señor Bay, no solo con explosiones, tías en cueros y persecuciones molonas se hace una buena película de acción. Hay que pedir algo al espectador.

Aunque parecía un reto difícil, Robert Downey Jr. brilla más que en cualquiera de sus películas en solitario (incluso con Gwyneth Paltrow revoloteando a su lado). Después de una introducción a medio gas, Chris Evans por fin consigue definir al buenazo de la función, un Capitán América que parece nacido para interpretar (pese a las dudas iniciales). Scarlett Johansson y Samuel L. Jackson tienen tiempo para desarrollar a La Viuda Negra y Nick Furia, respectivamente, quienes en Iron Man 2 eran meras comparsas publicitarias. Aún y cuando su película fue la menos exitosa, Mark Ruffalo y su Hulk hecho en motion-capture -más inteligente, humano y carismático que de costumbre- son los que, al final del día, roban las secuencias del mayor espectáculo del mundo. Chris Hemsworth (Thor, hermano del antagonista) y Jeremy Renner (poseído durante gran parte del metraje) atesoran menos minutos, aunque todos exprimidos al máximo. Incluso Stellan Skarsgård y Clark Gregg tienen su momento de gloria, para dar fondo a personajes que ya habíamos visto antes. Whedon no es suficientemente aplaudido por ello, pero es también un excelente director de actores.

El plan maestro de Marvel

Visto a posteriori, podemos refrendar que Marvel Studios acertó cuando se les ocurrió comprar los derechos de sus propios personajes para desarrollarlos en un universo conectado. Al principio, parecía una osadía destinada al fracaso, y, sin embargo, el experimento ha acabado superando cualquier expectativa. Presentar al público generalista personajes considerados de segunda fila era una previsión que nadie sabía si funcionaría, pero reunirlos en una única era rizar el rizo. Juntar a un ejercito de actores famosos y repartir el protagonismo y, al mismo tiempo, crear una historia independiente e icónica era una tarea hercúlea solo apta para valientes. Pese a todo, Los Vengadores logra mantenerse sobre sus propios mimbres, mientras que las anteriores películas no solo no nublan el visionado de este primer crossover cinematográfico, sino que lo recubren con una capa adicional al contexto y a las motivaciones de los protagonistas. Ni siquiera necesitan de una demasiado corriente historia de amor para profundizar en los personajes, ni un carácter principal que convierta al resto en secundarios. Solo aventura, aventura, risas, algún llanto, y aventura. Será difícil convencer a los profanos al género, pero los que lo hagan están abiertos a salir del cine con una sonrisa en la boca y ganas de más, mucho más. Algo, por desgracia, no demasiado común.

Es curioso que hayan tenido que ser hombres de la televisivón como Whedon o J.J. Abrams quienes recuerden a Hollywood la época dorada de los filmes de aventuras. Es obvio que ellos crecieron enamorados de los 80.

Los Vengadores está llamada a ser el clásico de aventuras de nuestros tiempos, un film que te deja con ganas (pese a su largo metraje) y que solo quieres volver a ver. Una Guerra de las galaxias moderna que, sin tratar nunca de dar un vuelco al género ni convertirse en modelo de originalidad, nos hace olvidar que las super-producciones con alma son casi un espejismo en el Hollywood actual.

Acudir al cine como fiel lector de cómics es efectivamente una experiencia única. A lo largo de nuestro recorrido cinéfilo hemos tenido que sobrellevar experiencias caóticas como aguantar Elektra, El motorista fantasma o X-men orígenes: Lobezno (hechas para la carcajada, en el peor sentido de la palabra). Por eso es tan satisfactorio comprobar cómo Los Vengadores logra sacar al género de super-héroes el máximo partido, respetando las propiedades de ambos medios sin llegar a caer en el hastío ni en el absurdo. Disney puede secarse las lágrimas por John Carter, y el mandamás Kevin Feige nunca más tendrá que preocuparse de tener los bolsillos vacíos. Misión cumplida. “¡Vengadores reuníos!”

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