El cine de nuestras vidas (III): La gata sobre el tejado de zinc

El cine de nuestras vidas (III): La gata sobre el tejado de zinc

Escrito por: Javier Vayá Albert    21 mayo 2012     Comentario     3 minutos

En el centenario del nacimiento del gran director Richard Brooks, recordamos una de sus obras más emblemáticas.

Podría haber elegido para esta sección al menos otras cuatro películas de entre las grandes obras del genial director Richard Brooks, que hace pocos días hubiese cumplido cien años. Un director que, como muchos otros, no es muy conocido para el gran público pero que dejó un maravilloso legado para el cine con cintas como Los profesionales, El fuego y la palabra o A sangre fría, entre otras.

Sin embargo me he decantado por La gata sobre el tejado de zinc porque la primera vez que la vi, con once años, fue también la primera vez que tuve conciencia de lo mucho que unas actuaciones magistrales y un guión perfecto son capaces de transmitir al espectador. También fue la primera vez que me enamoré de alguien en una pantalla, me enamoré de Elizabeth Taylor y me enamoré perdidamente de la manera de actuar de Paul Newman.

Brooks adaptó con maestría la obra teatral de Tennesse Williams que narra los secretos, envidias y sentimientos desgarradores que afloran en una familia sureña en una tórrida noche de verano. El amor, la muerte, la infidelidad, el rencor, la ambición o las relaciones padre-hijo son algunos de los temas que la película trata sin prejuicios ni escrúpulos. No existe ninguna otra película que contenga más violencia en su metraje sin que haya una escena en que alguien ataque físicamente a otro. Las líneas de diálogo perfectas, la interpretación de todos los actores, sobre todo de los tres principales, los ya mencionados Taylor y Newman y un grandioso Burl Yves en el papel del padre, hacen de La gata sobre el tejado de zinc una de las obras cumbres del cine.

Sin tratar de ocultar su origen teatral, utilizando casi siempre el mismo escenario o relegando el peso de toda la trama en unos actores que entran y salen de escena y en el magnífico guión, Brooks consigue paradójicamente crear una obra puramente cinematográfica. Los geniales encuadres, el uso de primeros planos o de la luz, el ritmo que impone el director, todo ello es lenguaje cinematográfico para crear esa atmósfera asfixiante y necesaria para el desarrollo de la historia.

Otro de los puntos fuertes es la maestría de Richard Brooks a la hora de lidiar con la censura. Tanto la obra teatral de Broadway, como la película, se vieron obligadas por la mojigatería de la época a cambiar las partes del texto en que se daba a entender claramente que el personaje interpretado por Paul Newman era homosexual. De hecho la película todavía sufrió más recortes en ese sentido por parte del productor, lo que generó las iras del propio Tenesse Williams. Sin embargo, en ese juego entre lo que se dice y lo que se sobreentiende es en el que se encuentran alguno de los momentos más brillantes del film.


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